
Me encontraba yo en el último banco de la iglesia
Pensando en el pecado y en el pescado
Que seguramente yacía inerte sobre la mesa de madera
Podía incluso ver un rayo de luz
Colándose a través de la ventana abierta
Para dejar pasar el alma de cristo y sus Ángeles,
Yo miraba mis zapatitos empolvados
y me rascaba las orejas, cuando sentí de pronto
una necesidad urgente de abandonar la iglesia
Antes de que pudiera pensarlo me encontraba camino a casa.
Yo imaginaba que cristo venia siempre del desierto
Que había sido un hombre gigante,
Que aquella arena incrustada en sus sandalias
Era ese mismo polvo que se metía a mis ojos
Una humareda inexplicable que escribía Gólgota
Desde los cuatro puntos cardinales
Enrojecía el cielo y se mezclaba con el sudor
De mi cuerpo por debajo de la ropa
Traspase la puerta abierta de par en par
Y ahí sobre la mesa el rayo de sol
Con sus millones de partículas
Cayendo todas encima del pescado
Que comería con mi padre a las 4 de la tarde
Apareció mi padre detrás de mí
Y con sus enormes manos me empujo suavemente
Hasta el medio de la sala.
Me miro sonriendo y me dijo:
-Ha llegado tu abuelo-
Mire a todos lados con la alegría natural que provoca
Un acontecimiento nuevo e inesperado
- ¿Y donde esta?-
- Papa esta…acostado en mi habitación- me dijo tranquilamente.
Corrí hasta la habitación y mi desilusión fue tan grande!
Al encontrarme tirado en la cama a una proyección de mi padre
Con unos 30 años más y con una barba mucho más grande.
Me quede inmóvil unos momentos
Mientras mi padre se colocaba a mi lado
Recostando sus manos sobre mis hombros.
- ¿No te alegra conocer a tu abuelo?-
No supe que contestar mientras inclinaba la cabeza
Y me acercaba lentamente a la cama,
El abuelo no se movía.
– Me alegraría mucho mas si no fuera por que el abuelo esta muerto-
Se hizo un silencio aun más grande
Que el de las almas en pena de los habitantes de aquel pueblo,
Mi padre, se acerco rápidamente hasta el cuerpo del abuelo
Y tomándole de la mano cayó de rodillas.
Sentí de repente una inmensa pena,
Dos gruesas lágrimas salían de sus ojos
Resbalaban hasta su barbilla
Y de ahí se extendían infinitamente
Hasta todas las capas internas de la tierra.
Entendí que mi padre lloraba su propia imagen
Reflejada en una vida de la cual era parte,
Pero ya no era suya.
Los deje solos y con las puntitas de mis pies estiradas
Recosté mis codos del marco de la ventana,
Desde ahí podía escuchar las campanadas
Y aquellos ecos de rezos desgastados
Que parecían llegar hasta mis oídos en formas de espirales
Desde el principio del suelo
Hasta las nubes que ocultaban el sol moribundo,
De aquel preciso domingo de resurrección.









